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May 27, 2015foto 1

Comienzos.

7 de Octubre de 2012. 15:34h. Y la noria más grande que jamás había contemplando, acechándome. Me aterran las alturas, ¿sabes? Pero ese día no podía enterarse nadie. Caminaba con unas zapatillas redondas y algo más grandes de lo normal para mi casi talla 40, levantando la tierra de una feria llamada ‘Goose Fair’. Estaba de erasmus en Nottingham, Inglaterra. Y mis nuevos ‘mates’ de clase avanzaban entre puestos de manzanas caramelizadas y escopetas de perdigones desviadas, con los ojos entrecerrados por un sol demasiado relumbrante a lo que estaban acostumbrados. No recuerdo exactamente a qué habíamos ido allí, sólo de cómo Jessie torcía exageradamente la boca, supongo que para hacerse el interesante delante de Gabriella, una chica italiana de coleta alta y uñas un día pintadas de azul eléctrico. Creo que, en ese momento, Mike H., se paró a probar suerte en una ruleta desgastada, una y otra y otra vez más, mientras el resto le esperábamos impacientes frente a un tiovivo de luces y melodías nostálgicas.

A mí todavía me daba un poco de vergüenza mi inglés oxidado del instituto, así que asentía enérgico con la cabeza y, si hacía falta, balbuceaba algún monosílabo de vez en cuando para que mi compañera de Ciencias Políticas, Lexie, no pensara que pasaba de ella y de su crítica exhaustiva al último capítulo del libro que leíamos para clase. Me costaba escucharla, la verdad. Mis ojos estaban aún anclados en esa noria de colores hace años pastel, y entonces sólo grisáceos, así como en la fotografía por la que estaba a punto de atraparlos para siempre. Click. Mi dedo pulgar se resbaló ágil por la palanca para hacer avanzar el carrete hasta la foto siguiente. Y Lexie seguía hablando, con las manos sobre sus gafas baratas de pasta asimétricamente cuadradas, y su flequillo rubio alborotado. Pensé en besarla, sí, ahora lo recuerdo. Aunque por aquel entonces todavía no tenía claro si éramos algo más que simples compañeros de clase. Pero el universo decidió intervenir y aplazar lo que pudo haber pasado.

Mike H. nos gritó mientras se lanzaba a la carrera que corriéramos. Aún me acuerdo de la mirada verdosa de Lexie congelada en la inercia, y del batido de fresa que Jessie compartía con Gabriella, tiñiendo de rosa ese azul opaco de unas nubes entre las que ya desaparecería el sol hasta el día siguiente. Lo cierto es que no sé que había hecho Mike H., pero el grito con el que nos condenó aquel feriante de cabeza rapada fue suficiente como para que le siguiéramos todos en esa carrera sin hacer preguntas antes. Y nos fugamos. Agarré fuerte la mano de Lexie y con la otra sostuve mi cámara analógica y la cinta que la hacía colgar de mi cuello, por si acaso. Me hubiese gustado hacer una foto del lunar que hacía balancear el miedo de Lexie entre sus labios. Y también del pelo de Jessie manchado de batido de fresa, provocando todavía más la lluvia de miradas de los transeúntes, para ellos, en un día cualquiera de feria. El bosque estaba muy cerca, y Mike H. propuso que nos escondiéramos. A mí se me salían las zapatillas, pero no paré de correr hasta sentir que rozaba las nubes con los dedos agitados.

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Fantasmas.

May 20, 2015

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Aura cerró la puerta de su nueva habitación tras de sí, casi sin percibir cómo el eco se envolvía suave sobre su piel ambarina. Sus dedos esbeltos y ligeramente manchados de tinta recorrieron apresurados el polvo de las cajas más sobresalientes, a la vez que su mirada repasaba una vez más, esa lista invisible en la que se enumeraban sus no tan escasas pertenencias. No había podido deshacerse de nada. No… Se mordió el labio. Prácticamente de nada.

Suspiró y, tras apoyar la sutil curvatura de su cintura sobre el papel pintado, creyó ver algo tras esa vieja escalera de madera todavía abierta frente al marco de la ventana. Los ojos grisáceos de Aura se nublaron en una tormenta de desconfianza. Pero allí no había nada. ¿No? Nada. Probablemente sólo había llamado su atención el incesante y monótono baile de las ramas del árbol que ahogaba las vistas de la ciudad en suaves pinceladas de luces y tinieblas. Más tranquilas, sus manos se apoyaron entonces sobre la cristalera, contagiando a su piel de la calidez que aun se desprendía de esos últimos rayos de sol extinguiéndose entre los cimientos agrietados. Su sobresalto le había recordado algo. Sonrió tímida, con los labios algo tensos y disciplinados: con su coche cargado y esa última caja de la mudanza ya encajada en un hueco casi inexistente en el puzzle de paquetes y muebles desvencijados que ocupaba el asiento de al lado, su hermano de siete años le había hecho prometer que se aseguraría de que no hubiese fantasmas, ratones o gatos buscando ratones en su nueva casa. En caso contrario, afirmó con las mejillas encendidas y esa boquita de piñón fruncida, él no podría ir nunca a visitarla.

Con lentitud, Aura dejó que sus pantalones de pitillo rasgado se resbalasen de un recuerdo tan resplandeciente hasta la dureza de aquellas baldosas aun algo ajadas a pesar del encerado. Todavía no había logrado arrancar su mirada aterciopelada de aquella esquina del mirador, como si la suavidad con la que aquellas ramas se mecían la hubiese atrapado para siempre. Parecía que la ciudad hubiese acelerado su curso en ese instante, alejándola a diez mil kilómetros de aquel universo de corazones agitados. Porque el suyo se había parado. Aunque no de verdad, claro. El corazón de Aura seguía latiendo, pero no al mismo ritmo que el del resto. Empezar da demasiado miedo, ¿sabes? Y también dejar atrás todo lo que fuimos antes. Y creo que eso paralizaba a Aura más que cualquier posibilidad de que hubiera un fantasma agazapado entre las sombras de su nuevo cuarto.

Con las manos algo temblorosas, sacó su teléfono de un bolsillo descosido de su chaqueta roja y marcó nueve dígitos. Sólo había una forma de superar todo aquello:

– ¿Hola? – la voz de su hermano resonaba cándida y curiosa al otro lado.

– Dime, ¿conoces algún truco infalible para espantar fantasmas? Vas a tener que venir a ayudarme…

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13 razones para no dejar de mirarte

 

May 13, 2015

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Miércoles, 13 de Mayo. 15h56 pm. Madrid. Y tú entrando en el vagón más caluroso y abarrotado de la historia. Suspiro, e intento enredarme de nuevo a la hilera de palabras cargantes y confusas de mis apuntes de clase. Pero ya no me concentro. Mmm… No. Abro una página en blanco y escribo. Porque tengo trece razones para no dejar de mirarte:

Uno. Llevas una camiseta de los Pixies en un tren lleno de trajes y faldas de oficinistas demasiado prietas. Y sí, desde que la he descubierto, a más o menos siete metros de donde inicialmente estaba, me he cambiado de asiento y mi mirada se ha anclado a tu presencia.

Dos. Tienes como un millón de cicatrices y arañazos surcando tus brazos de acero inoxidable. No tienes miedo. Tu piel es efímera y un mapa de vivencias insólitas con las que seguir adelante.

Tres. Y la mía tiembla al pensar que, de un momento a otro, te gires y te marches del vagón sin que yo haya encontrado una excusa para poder hablarte.

Cuatro y puede que la más importante. Tus ojos son de almendra y están hechos de sueños, para otros quizá inalcanzables. Y no me miran. Todavía no he conseguido hacerme su única protagonista.

Cinco. Una niña asiática de apenas un año y medio gira su diminuto cuerpo alrededor de las puertas, y tú te ríes con sus movimientos de bailarina inexperta. Tu sonrisa es blanca y centelleante, como si de verdad lo sintieras, como si no estuvieses contagiado del gris que asfixia Madrid hoy en día, y nos hace poco más que sus sombras inquietas.

Seís. Y, por cierto, tus labios son de otro planeta.

Siete. El ritmo al que se han entregado tus Vans de cordones desatados entre paradas, me hipnotiza. ¿Un ritmo de batería o… Sólo impaciencia? No sé. Pero no estoy preparada para que te marches todavía.

Ocho y mi favorita. Te sientas con la espalda arqueada. Y no puedo dejar de pensar en cómo se marcarán las vértebras en tu espalda ancha y perfecta.

Nueve. Cada aproximadamente dicisiete segundos, tu mano derecha se balancea sobre tu cuello, aferrándose a una cadena de plata fina y estrecha, y luego se pasea por tu pelo rasurado y… A mi, el pulso se me acelera. Voy a decirte algo. Me muerdo los labios. ¿Algo cómo qué? ‘Ey, ¿dónde te compraste esa camiseta?’, o el clásico ‘oye, ¿puedes decirme la hora?’

Diez. Tu mirada se ha encogido ahora en el pavimento, y se han encendido tus mejillas como una hoguera en mitad de un bosque ahogado en la noche más profunda. ¿Te has dado cuenta de lo que está pasando? Uf, voy a parar un segundo de mirarte. Un segundo. Sólo un segundo y…

Once, dios qué (no) he hecho. Te levantas. No… Te levantas con el cuerpo firme y dejas tu asiento a un señor con sombrero y arrugas tristes y afiladas. ¿Te marchas? ¿O sólo…? Suspiro, todavía no has levantado la mirada del suelo. Pero al cambiarte de sitio te has acercado todavía mas a mi y… Mi piel se ha electrizado.

Doce. Carraspeas, y bajas la barbilla, haciéndome aun más evidente la presencia en tu rostro de esa barba a medias. Oh, no. ¿Y si has leído esta lista? ¿Y si…? Vas a pensar que estoy como una cabra. Cierro el cuaderno con manos temblorosas, e inspiro hondo. Has dado un paso adelante. Ahora estás frente a la puerta. Y la voz robótica y jaspeada del tren anuncia que llegamos a la siguiente parada. ¿Qué hago? ¿Qué hago? Mi corazón se acelera y mi cuerpo se revuelve en su inercia. No puedes marcharte. No puedes…

Trece. Se me ha caído el cuaderno al suelo. Y lo que parecen un centenar de páginas vuelan alrededor de los pasajeros, en posturas incómodas y el rostro desencajado ante mi torpeza. Me sonrojo y pongo cara de disculpa. Tampoco ha sido para tanto, ¿no? O sí. En realidad sí lo ha sido porque… Son tus manos las que me pasan confiadas ahora el cuaderno. Y tu mirada la que me atrapa para no volver a soltarme.

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Hey, soul sister.

 

April 29, 2015

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Descubrí ‘It’ de Alexa Chung, en un vuelo Madrid-Londres. Era Diciembre, y aunque ya estaba dentro del avión, seguía cubriéndome las medias algo rasgadas y ahora lo sé, puede que demasiado finas, con mi abrigo y el de mi novio, que estaba sentado leyendo también a mi lado. Recuerdo reclinar la cabeza sobre su hombro, e intentar olvidar el ruido del despliegue de las alas del aparato sumergiéndome de lleno en aquel libro de páginas gruesas y fotos en blanco y negro. Nunca me había considerado especialmente fan de Alexa Chung. Y la verdad es que, ya habiendo despegado, me lanzaba entre aquellas nubes densas de lluvia pensamientos interesantes. Entre ellos, hoy me quedo con uno: el del primer amor consciente.

Supongo que igual que para ella y para muchos de los que estéis leyendo, sería algo así como el primer impulso eléctrico que envuelve nuestro corazón inocente un día cualquiera, y que le da sentido al mundo después de (muy) pocos años de existencia. Una predilección diferente a ese reflejo natural que se tiene de amar para siempre a los padres, y aun voluntaria y perecedera con los años, igual de profunda e impetuosa que ésta. No hay dudas, mi primer amor es mi hermana pequeña.

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Al principio, (o al menos en el principio que yo recuerdo), mi primer amor era turbio y obstinado. Un seísmo enfurecido, el epicentro del todo que determinaba que el resto había dejado de importar algo. Sus rizos cerrados y oscuros se columpiaban sobre esos mofletes encendidos e hinchados. Fruncía el ceño y también un poco los labios. Y cómo olvidar esa mirada dorada y despierta, con la que verdaderamente se intuía quién o qué sería su siguiente víctima sin lugar a resistencia. Sí, era un poco el diablo. Y también la criatura más extraordinaria y hermosa que había visto hasta entonces, y que, a mi ojos de niña, prometía no marcharse fácilmente de mi lado.

Y no lo ha hecho nunca. Después de una decena de ataques de polillas malvadas, carretera y manta en posturas científicamente impensables, fresas con o sin nata, casas y, por qué no, monumentos a las barbies, Converse, Vans y vuelta a las Converse, aparatos en los dientes, y perros ladrones de sandwiches, las ‘Spice Girls’, cookie dough y series inacabables, mudanzas y amores a distancia, esperar al autobús bajo la lluvia y con la ropa empapada, pájaros que llaman a la ventana, lágrimas, y secretos que no se dicen en voz alta… Creo que la lista es y será eterna, ¿sabes? Y los hechos innegables, claro: en mi vida no hay (ni habrá) nadie como ella.

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De conversaciones nocturnas y puertas abiertas

 

April 22, 2015

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Últimamente en mis salidas nocturnas se cruza siempre el mismo tema. Me gusta llamarlo ‘puertas abiertas’, aunque no, no tiene ninguna relación directa con la visita a un instituto o universidad pública, ni tampoco lo considero parte de ese refrán típico que cuenta que una puerta cerrada no es más que una ventana nueva descubierta. Todavía no sé si entiendo el concepto como tal, pero creo que una puerta abierta es una relación que, como una herida mal suturada, nunca ha llegado a cerrarse del todo, ¿sabes? Una conversación que no llegó a suceder, esa necesaria y desgarradora razón que nos hizo ser y ahora se escapa, o el abrazo con el que cruzar esa última mirada que afirma que, después de todo, volveremos a ser dos extraños mañana.

Todos tenemos alguna puerta entreabierta, ¿no crees? Sólo que la holgura que dejamos para cerrarla dependerá mucho de la persona que se quedó tras ella. Hay personas que aferran cada día al amanecer sus manos indecisas al pomo y esperan a que el universo decida. Hay otros que las entierran entre sus peores pensamientos y se asfixian cada vez que vuelven entre sueños o peor, inconscientemente en cualquier momento del día. Y bueno, sí, hay también gente que consigue olvidarlas sin más, y seguir adelante sin que vuelvan a significar nada diferente a una cicatriz impenetrable sobre su piel descubierta.

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Yo confío en que cerré algunas puertas definitivamente. Y en cambio, confié ciegamente también en que otras volverían de pronto a abrirse para cambiar mi vida para siempre. En concreto una que durante un tiempo, crujía inquieta entre mis huesos, haciendo temblar mi corazón inexperto cada vez que dudaba de si seguía existiendo ese hueco ínfimo e invisible al resto, por el que cupiesen mis dedos deseosos de volver a encontrar tras ella tu rostro apacible y sereno. Aunque sólo fuese por un momento. Sólo un momento.

Y es que supongo que la vida es eso, ¿no? Un cúmulo de puertas que pueden cambiarlo todo de un momento a otro. Sólo que a veces no nos concentramos en las que de verdad merecen la pena. A veces miramos durante tanto tiempo a la puerta que se cierra, que vemos demasiado tarde el resto. ¿Pero y si…? ¿Y si no…? Resuenan en nuestra cabeza las preguntas que podrían derribar la madera en un centenar de astillas con las que se desharían en el aire también las dudas que nos dehacen por dentro. Cada puerta es única y un corazón indeciso no sobrevivirá a una entreabierta durante demasiado tiempo. El mío te lo corrobora.

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April 15, 2015

Diario de un adolescente en pasado

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Pretendamos que seguimos creyendo en los cuentos;

que inventarse palabras todavía sigue siendo una ciencia inexacta;

que aun sigue temblando mi piel al escuchar ‘Pennyroyal Tea’ de Nirvana.

Pretendamos que en días de tormenta seguimos queriendo sentir la lluvia sobre la cara;

Y sí, que aun pensamos en bailar sobre la hierba cuando el sol sale entre las nubes grisáceas;

que el no sabe/no contesta todavía sigue siendo una respuesta válida.

Pretendamos que sigue pareciendo divertido dibujar entre los libros, trepar árboles o conducir de noche en una carretera solitaria;

que aun sigo buscándome entre las letras de todas esas canciones noventeras de la radio;

que mis ojos no perdieron de pronto su color cuando de pronto te marchaste sin dejar rastro.

Pretendamos que equivocarse es bueno;

que dormir ayuda a olvidar;

que en silencio se entienden mejor las cosas.

Pretendamos que aun cuentan las palabras, y no sólo los hechos;

que te sabes de memoria cada una de las pecas de mi cuerpo;

que lo dejarás todo por venir a abrazarme en mitad de una noche de invierno.

Pretendamos que cada día es único, que en realidad somos eternos.

Pretendamos que sabemos reírnos de todo y de nada al mismo tiempo.

Pretendamos que no hemos perdido de vista las necesidades del resto.

Pretendamos que algún día sabremos quiénes somos,

Pretendamos que el mundo sigue girando, que el pasado no existe, que el futuro no importa, que pase lo que pase, no cambiaré nunca.

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April 08, 2015

La conquista

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Es un murmullo incierto, inconstante. Una sombra sinuosa y estremecedora, que arropa la soledad de este bosque acechante. ¿Realidad o… Sólo una ilusión que me he provocado yo sola? No sé. Ahora sólo puedo pensar en quitarme los miedos cuanto antes. Así que corro. Corro provocando que esta duda palpitante encienda mi piel en una llamarada desmedida, casi asfixiante. Y ahora lo escucho. El murmullo salpica el silencio en una decena de pasos sobre las hojas secas de un otoño olvidado, como si hilase una melodía imprecisa en mis tímpanos extasiados. Me persiguen. Y se electriza mi piel desvaída, se plastifican mis huesos, se enredan a mi cuerpo todas esas promesas por las que finjo que no me verás caer, que jamás llegaré a ser tu presa. Y entonces una flecha me atraviesa. La vida me engaña y ahora me abraza fría y nostálgica, amenazando con apagar mi existencia.

¿Eres cazador o presa? A veces no dejo de pensar en esa necesidad intuitiva y predilecta del ser humano, en lograr en su vida una o varias conquistas. Un infinito en nuestra historia circunscrita. Un pez hambriento que, como bien dicen, se muerde su propia cola. No importa el siglo, ni cuánto daño hayamos hecho. La vida es una conquista, y el que más corre, más domina.

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Y sí, es cierto que el que no se mueve jamás notará las cadenas. Pero tampoco creo que la valentía de romperlas signifique hacer del resto un cementerio de ruinas. Un corazón guiado por las flechas de la victoria no es más que un músculo vacío en sus soledades. Y a mi me gusta llenar el mío con lo que aprendo de cada rincón sin un significado aparente, de aquella canción instrumental y demasiado lenta, de esa mirada ajena con la que mis ojos se cruzan curiosos y brillantes sabiendo que nunca más volverán a encontrarse. Mi cuerpo es una pared con ansias de pintarse en una eterna influencia. Y aunque mis colores propios brillan con fuerza, no concibo el resto de mis días si no son para seguir empapándome de otros que marquen la diferencia.

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Puede que sí, que la vida sea en realidad una carrera. Pero no pienso que sea contra otros, ¿sabes? Creo que en realidad esas piernas fornidas y ágiles que nos retan son las del tictac del reloj acentuando cada paso en vano que hemos dado; que sus mandíbulas contraídas, y esos ojos negros inquietantes atenúan día a día nuestras fuerzas hasta, si nos dejamos, desgastar nuestra piel cristalina en el gris de un día ya insignificante. Porque puede que la verdadera derrota sea esa, ¿no crees? Correr, ganar y olvidar los sueños que nos invitaron a seguir luchando. Correr si una meta, correr y dejar atrás lo que verdaderamente merece la pena.

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April 01, 2015

Son sólo palabras.

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 ¿Sabes? Últimamente siento sobre mis hombros una sensación extraña. Es como si me admirasen un centenar de personas con los ojos tintados en la aprensión y en todas las preguntas sin respuesta que generan, semana a semana, mis historias sin pretextos. Y es extraño, sí, pero a veces me hacen desear recubrir mi corazón sensible y desgarrado en el cemento más húmedo y grisáceo que exista. Sé que suena estúpido y digno de una película de Tim Burton, pero me encanta la idea. No dejo de imaginarme sus ventrículos y cavidades enredadas en la aspereza pastosa, y toda esa arena tizada y sedienta removiéndose una y otra vez en cada latido esperanzado. Mi corazón, normalmente inestable y efímero, se haría esbelto y rígido. Tibio y solitario, igual que un ancla oxidada y perdida a diez mil kilómetros bajo el océano.

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Y es que la gente dice que mis textos inspiran tristeza. ¿Y qué si es cierto que siento más cuando mi corazón está agrietado? No creo que el dolor sea algo malo. Ni que por plasmarlo en estas páginas pueda darse por hecho que sea lo que yo realmente sienta. Gabriel García Márquez dijo una vez que el escritor crea su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar, y lo defiendo al pie de la letra. Ni siquiera yo soy capaz de encontrar la verdad más allá de mis textos o tan siquiera en ellos. Sólo sé que aferrada a las teclas de esta máquina puedo ser un gorrión agitando sus alas contra la primavera, el temblor en tus manos, el eco de una puerta cerrándose para no volver a ser nunca más abierta. Puedo ser todo o nada. Puedo ser cualquiera.

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Así que no quiero recubrir mi corazón de cemento, ¿entiendes? Sino jamás volverían a mi todas esas sílabas eléctricas. Pero eso tampoco significa que mi vida se rinda a ellas. Sólo sé que escribo igual que respiro y eso… Bueno, eso es lo que más me llena.

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March 25, 2015

Quiénes éramos antes

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Uno, dos pestañeos apagados entre las sábanas deshechas. El cuerpo inerte, fragmentado en el silencio que contagia esta casa envejecida y estrecha. Las paredes tiemblan, hace frío sin ti. Encojo las piernas y abrazo mis rodillas, supongo que intentando rememorar la vivacidad de aquellos rayos de sol que aun puedan dormir entre mis vértebras. Inspiro. Entrelazo mis manos. Sí, puede que me den algo de miedo las nubes de tormenta. En realidad, más que ellas mismas, creo que lo que me da miedo es la luz con la que parecen dominar de pronto el planeta. Es casi como si esa semioscuridad con la que nos contagian quisiese contaminar cada centímetro de mi piel hasta hacerlo denso y rígido, frío y lacerante. Igual de frágil y pernicioso que un cristal a punto de fragmentarse.

La lluvia es nostalgia, y me obliga a echar de menos. Siempre en la misma postura, siempre en la misma cama. Sólo que ahora es algo diferente respecto de antes, ¿sabes? Porque ya no me hace volver a aquellos días infinitos de playa, o a esas tardes de escritura sobre la ventana iluminada, no. Tampoco me hace recordar esa sonrisa tímida en el rostro templado de mi hermana cuando volvía con los zapatos mojados. Ni la fugacidad de ese cortocircuito interno cuando tus labios me encontraron bajo el diluvio de un Abril grisáceo. Ahora no echo de menos un instante concreto. Sino quién era yo antes de todo esto.

Echo de menos reir al ver volar las palomitas por las aires y que mi trabajo fuese hacer más y más tandas durante toda la tarde. Echo de menos las marcas en mis costillas afiladas por llevar durante algunas horas de más aquel sujetador demasiado apretado. Dibujar en servilletas, el groupie style y no necesitar un espejo en semanas. Ese hormigueo que me recorría en el cuarto oscuro al positivar una de mis fotos de carrete antiguo. Echo de menos esos castings para ser la doble de alguna actriz, aunque jamás hubiese actuado. Presionar el botón de ‘delete’ una y otra vez, sin importar qué estuviese borrando. Cómo me vibraba el pie izquierdo en el embrague cuando cogí por primera vez el coche de mi madre. Pensar en el futuro sin que éste se presentase como un monstruo de cuerpo retorcido y dientes largos. Los flequillos desiguales, Kate Moss con Johnny Depp, y que perder el tiempo no fuese algo tan malo. No sé, no me malinterpretes. No es que me guste vivir en pasado. Es más que el corazón araña la madera de esas puertas desgastadas de lo que un día fui, cuando escucho la lluvia caer sobre los cristales. Y me gusta abrirlas, un poco, sólo un poco, aunque sólo sea mientras no cese la tormenta.

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March 18, 2015

Desiertos en blanco

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Hay días en los que sueño cómo rozan mi corazón inquieto y lacerante, unas alas frágiles y temblorosas a punto de ser devoradas por un huracán de nubes y vacilaciones blancas. Siempre he pensado que son las de un águila, aunque nunca llego a verlas, ¿sabes? Porque enseguida observo a través de sus ojos sombríos y rasgados, el vendabal agrietando mi existencia frágil y etérea. Y entonces siento la aprensión acurrucándose entre cada uno de mis huesos inexpertos, y también la tierra envolviendo poco a poco mi cuerpo cenizo y sumiso, deshecho en todas las piezas que no se encontraron a tiempo. El huracán alcanza mi dulce y endeble figura de pájaro, pero yo no me muevo. Y la nada me atrapa entre sus manos, hasta reducirme al polvo que acaricia la vida sin lograr sentir nada más que su aspereza.

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Es extraño pero, cuando abro los ojos, todavía noto la frigidez con la que mi piel adormecida se contagia en ese momento. Y sé que sólo ha sido un sueño, sí, pero no puedo evitar desenterrar de él, una sensación que me conquista desde hace tiempo. Me gusta llamarlo “about blank” o, como escritora a veces frustrada, el síndrome de la página en blanco. Quizás porque cada vez que me invade, se paralizan mis ganas y también esa brújula que guía mis movimientos imprecisos en mitad de este desierto infinito y lánguido. Cuando esa sensación me apresa no sé a dónde voy, ni cómo devolverle el sentido a mis pasos. Mi respiración se acelera, y todas mis certezas se fragmentan en un centenar de renglones torcidos y sílabas maltrechas.

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Y es que hace años, mi página en blanco se llenó de garabatos y trivialidades que mecían mi mundo de niña e impulsaban a deslizar mis pies entre la tierra árida, invitándome a soñar con recorrer junglas y castillos encantados. Supongo que entonces existía un camino evidente, una carretera de sentido único por la que simplemente seguir avanzando. Aunque no para siempre, claro. El tiempo perforó pronto el cemento, y deshizo kilómetro a kilómetro esa carretera en un abismo de inseguridades. Se emborronó entonces mi página en blanco en un río de tinta sin razones ni evidencias. Y la verdad golpeó mis mejillas, hasta reconducirme a mirar de nuevo un horizonte, una página de nuevo en blanco, que se asfixiaba por volver a ser tener un significado con el que volver a encontrarme.

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¿Cuántas veces habré llenado y borrado esa página? Creo que es imposible contarlas. Y no sé, puede que ya no me importe completarla tanto como antes. Puede que me haya cansado de escribir tantas teorías, tantas promesas pronto extintas e inexactas. Puede que ya no sienta los mismos nervios al ver cómo día a día dejo atrás a algunas de las personas que escalaron a mi lado estas dunas escarpadas e inconstantes. Que ya no vuelvan a arañarme esas espinas entre las que se enredaron mis errores, y lo que reconozco, también todos los engaños con los que me propuse un día hacer de esta vida algo más fácil. Que no tema dormir sola, que no eche de menos la lluvia a pesar de todo lo se ha llevado. Que ya no me importe sucumbir de vez en cuando a los huracanes más obstinados. Que prefiera volar, volar muy alto sin que exista un destino claro.

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March 11, 2015

Memorias distorsionadas

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Uno, dos pasos manchados en sentimientos imprecisos y el tiempo que nos robaron. Castillos de arena blanca derruyendo un corazón lleno de espinas amargas. Cien bancos de niebla entre lágrimas agitadas. Flores de almendro surcando el invierno en mitad de una playa. Y una autopista camuflada en cada una de esas palabras que nunca pronunciaron tus labios agrietados y sedientos quizá, de toda una vida que se había escurrido como una ola rauda entre tus manos agitadas.

Todas son imágenes de una memoria distorsionada. La mía. Creo que lo llaman ‘memoria selectiva’, o lo que es lo mismo, una colección de recuerdos desalmados que, en mi caso, se enmarañan unos con otros hasta convertirse en historias sin un sentido claro. En general siempre he tenido más facilidad para almacenar en esos estantes de madera carcomida, un elenco de sensaciones únicas y nacaradas. En especial los olores. Todavía recuerdo el aroma de aquellas témperas en el colegio a finales de año; como olía tu piel ya a verano a principios de Mayo, o el olor de la lluvia devolviéndole al aire su entereza en aquel cementerio de despedidas tan frágiles como eternas.

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Quizás lo que me atrae de la memoria es que es plenamente inconsciente, ¿sabes? Aunque sí, es verdad que se puede manipular un recuerdo hasta hacerlo tan nítido como el brillo sobre la oscuridad más solemne de un manto de estrellas, pero nunca corre del todo de una ley física perfecta. Y eso me encanta. Conozco a gente capaz de desempolvar reminiscencias de hace años y más años, y lograr acordarse de con qué zapatillas se enfrentaba al mundo sin dudarlo. Sé de una persona que perdió el oído temporalmente durante un periodo de tormentas sociales o de alguien que disipa con el paso del tiempo uno a uno sus recuerdos, como un libro al cerrarse.

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Yo no tengo mala memoria, pero a veces sí me juega malas pasadas. Me parece que es porque se cree el escudo que me envuelve en situaciones violentas o inestables, y decide bloquear la entrada de todo aquello que una vez me hizo daño para que no vuelva a rasgar mis heridas pendientes de cerrarse. Ésa es la razón por la que no recuerdo a día de hoy el accidente que se llevó a una de las cosas a las que más quise nunca, o esos detalles tan mínimos como extraordinarios que emborronan, cada vez más, las siluetas de todas esas personas que se fueron cuando aun no estaba dispuesta a que se marchasen.

Y me araña, me ahoga, me envenena no recordar todo lo que mi memoria me arrebata con la idea de que salga ilesa. Porque la mente olvida, pero el corazón no se deshace así como así de aquello que alguna vez lo ha llenado. Y supongo que recordarlo todo sería tan aterrador como no recordar nada en absoluto, ¿verdad? Pero a veces lo daría todo por volver a cruzar una vez más mi mirada con tus ojos enterrados en nuestras mil y una verdades que, sin ti, se perdieron en ninguna parte.

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March 04, 2015

Esa inevitable carrera contra el tiempo

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El sol rozando la piel encendida en una carrera infinita. La respiración agitada y sumisa, dispuesta a prolongar esa sensación que logra el cuerpo abrazado, zancada a zancada, a la idea de una brillante conquista. Uno, dos latidos perdidos en todos esos kilómetros invisibles al resto. Los músculos tensos, los huesos exhaustos pero completamente entregados en su misión de fundirse con la tierra y lograr desaparecer, aunque sea sólo por un momento.

Siempre he admirado cómo en sus libros Haruki Murakami consigue hacer del hecho de correr, un ancla que da sentido al mar de indecisiones y sentimientos inciertos de sus personajes. A veces pienso que es casi como si se atreviese a susurrar que correr, es como dibujar un mapa de sus vidas ordinarias y continuamente sujetas a una línea recta, en busca de la cima que les devolverá el sentido para siempre. Aunque la verdad es que jamás se acaba de saber si al final de cada libro llegan o no a sus metas.

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A mi nunca me ha gustado correr, al menos no visto de esa manera. En realidad tampoco puedo decir que lo odie, no sé. Pero sí puedo afirmar que es algo que no va conmigo. Aun recuerdo sin poder evitar fruncir el ceño, aquella pista de cemento hosco y quebradizo del colegio en la que debía dar lo que parecían doscientas vueltas en marcha en cada clase de educación física. Esa arena tibia y serena de la playa de Galicia en la que me forcé a probarlo durante los quince días de mi estancia aquel verano, o la grisácea y despreciable máquina a la que todavía me enfrento día a día en el gimnasio. Creo que cada vez que me subo, a los pocos minutos acabo dejando a un lado posturas, ritmos cardiacos o supuestos kilómetros andados, y sólo me concentro en una cosa: en que el tiempo se pase más rápido.

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En realidad creo que es por eso por lo que nunca me ha gustado correr, ¿sabes? Porque ya he corrido demasiado. La impaciencia creció conmigo entre cada una de mis vértebras, y me ha obligado a acelerar mis pasos sin que yo me haya dado cuenta. ¿Por qué me he dado tanta prisa? ¿Y para qué, si el tiempo se sigue pasando igual de rápido aunque ya no se lo pidas? Supongo que es otra de mis preguntas sin respuesta de ésas en las que me gusta enredar mis pensamientos de vez en cuando. Sólo que ésta empieza a arañarme las ideas, y a estrangular cada uno de mis recuerdos en segundos de nostalgia y pasado enterrados en su inexistencia.

Yo ya no quiero correr más. Se lo dejo a los corazones expertos que sepan seguir latiendo en todas esas sinuosas carreteras o caminos de tierra espesa. A todas esas personas que no dudan en mirar hacia atrás aunque tiemble cada centímetro de su cuerpo, que cuenten cada paso como más válido que el anterior, sin escuchar, a diferencia de mi, el áspero y descolorido tictac con el que se hace visible nuestra inevitable carrera contra el tiempo.

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February 25, 2015

¿El drama es siempre arte?

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Una vez leí en una gran pintada al otro lado de Europa una frase que entumeció mis sentidos, y se enterró entre mis vértebras como una ráfaga de aire frío anunciando el final de un verano eterno. No la recuerdo textualmente, pero creo que decía algo así como que no existe la posibilidad de ser artista sino se ha perdido algo. Una forma de susurrar que el mejor artista es el que se ve empujado por el drama a crear, a transmitir el dolor en un centenar de colores agrestes o eléctricos que sin él serían invisibles al resto.

En aquel momento no creí que la frase tuviera sentido. Y, a pesar de ello, volvió a hacerme dudar hace algo más de un año y medio, cuando una plataforma de jóvenes fotógrafos se puso en contacto conmigo, interesados en hacerme una entrevista escrita. Mi primera entrevista. Se encendió mi piel al momento, y una marea de pensamientos impulsó mis ganas, como si éstas se aferraran a diez mil pájaros alzándose el vuelo. No podía gustarme más la noticia. Así que trabajé constante y decidida en ello. Fueron trece preguntas que contesté con el corazón latiéndome impaciente y alto, y que me hicieron revisar un camino de baldosas agrietadas en todas esas promesas que uno se hace a sí mismo un día para llegar a lo más alto. Trece preguntas ásperas, ciertamente extravagantes y a la vez expresas y concluyentes en lo que significaban mis obras. Y que jamás se publicaron.

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Al principio pensé que no era más que un error, pero poco después me di cuenta de que en realidad, mis respuestas no les habían gustado. Y es que cada uno de los artistas que participaban en aquel medio eran parte, precursores o víctimas de un hecho trágico en su pasado. Incomprensión o abandonos familiares; enfermedades, transtornos disociales o simplemente el punto flaco y tentador en una diana de soledades. Y así todo era interesante, incluído su arte, claro. Y hay más. ¿No son esos realities musicales americanos de la televisión famosos porque sus concursantes vendan su talento junto a sus desgracias familiares? Sí. Y supongo que todo se eleva a un punto de exageración desmesurado, pero existen otros hechos innegables. Como que siete de cada diez actores famosos desde su adolescencia, provienen de hogares fracturados para siempre en relaciones inestables o divorcios ingratos. Sin olvidar el caso de Kurt Cobain, entre otros cuantos, o de cómo sobrevivir a la edad trágica de los veintisiete. Escándalos públicos, adicciones o un infinito de excentricidades con las que, como buen fan de Dalí, encadenarse a las calles. ¿El drama es arte? ¿O el arte acaba en drama, y el mejor artista es el que peor acaba?

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Quién sabe. Sólo que, en lo que concierne a mi, yo no tengo desgracias suficientes a las que abrazarme. Y créeme, prefiero dar las gracias. No sé, puede que las pequeñas catástrofes diarias me hayan inspirado alguna vez a hacer de mis heridas abiertas una ola de amaneceres enclaustrados para siempre, con la que empapar otras pieles ávidas y desamparadas. Puede que en alguna etapa de mi vida me enterrase en melodías extintas y palabras teñidas en la nostalgia, o que me sintiese más próxima a los personajes más trágicos de algunos libros y películas. Y aprendí varias cosas. Entre ellas, que la mayoría de las personas confundimos alguna vez en el arte, la pasión con la tristeza. Y que en mi caso, las obras que he creado con la mirada cubierta en humo y nubes de lluvia, nunca han sido las más perfectas.

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February 18, 2015

Hacia destinos inciertos

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Amaneceres apagados. Grietas en los labios, Noviembre agridulce y la primera lluvia de invierno todavía deslizándose por los mechones más rebeldes de mi pelo enmarañado. Bufandas eternas, la prisa asfixiando mis pasos, y un sinfín de pájaros enredándose al vuelo en una niebla espesa.

Todo ocurrió hace cosa de dos años. Llegaba tarde a una clase de cine y gestión cultural que aborrecía con cada centímetro de mi piel ambarina, y a la que aun así, debía asistir si quería aprobar. Y tras enfrentarme a una marea de cuerpos adormecidos y torpes en un andén corrompido por su diaria y monótona visión teñida en un cielo grisáceo, conseguí subirme al tren directo a mi universidad. El frío seguía adentrándose por mi jersey fino de agujeros, y mis manos recorrían una y otra vez mi cintura en busca del calor que, quién sabe en qué momento, hora o día; habían perdido hace tiempo. Supongo que intentando distraerme, mi mirada se perdió también entre el resto de pasajeros de aquel vagón sumergido en el invierno que no había hecho más que empezar.

Y vi algo. Eran dos chicos jóvenes hablando de nada, y susurrándose todo con los ojos divididos entre la ilusión y el miedo, y esa sensación inminente que colorea la vida en blanco y negro, justo en ese instante previo a rozar el cielo con los dedos. Uno de ellos tenía el rostro cenizo y los ojos brillantes. Los dedos largos y estrechos de su mano, se entrelazaban inquietos a su muñeca derecha, quizás tratando de disimular los nervios que ya le dominaban por tener a ese otro chico tan cerca. Éste, sin embargo, comentaba animado con una voz grave y seca, los detalles de la fiesta de disfraces a la que había acudido hacía dos noches, según decía, vestido de James Franco en una de sus últimas películas, y gesticulando con su barbilla pronunciada en un hoyuelo sutil pero dominante. Y yo me mordí los labios. No podía parar de preguntarme si todas esas palabras no eran más que otro disfraz con el que dejar atrás todo lo que podía empezar a existir entre ellos. ¿O acaso sólo el primer chico estaba enamorado, y por eso escondía su aprensión bajo las vías de aquel tren de destinos inciertos?

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Obviamente jamás llegué a adivinarlo, a pesar de todas las veces más que subí a ese mismo tren en lo que quedaba de año. No volví a verles. Ni a ellos, ni al resto de historias cruzadas que he presenciado en vagones descoloridos y latentes en todos esos sueños que parecían demasiado lejanos. ¿Por qué los trenes son siempre escenarios de las situaciones más atípicas y extraordinarias? Me lo pregunto desde hace tiempo. Puede que porque no son más que un paso intermedio, ¿sabes? Porque son el transcurso de un sitio a otro, y no el lugar del que nadie espere más que eso. Y puede que hoy sepa igual que ayer, y las puertas chirríen cada vez que el tren se detenga. Que las hojas de apuntes se vuelen siempre de la misma manera, o que el sol templado consiga anestesiar un día tras otro nuestro cuerpo, sin importar la vitalidad con la que nos hayamos levantado.

Pero la rutina a veces engaña. A ti. A mi. Y a todos ellos. Y yo, da igual cuántas veces repita el trayecto, en los trenes he aprendido a no dar nada por hecho.

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February 11, 2015

¿Quién o qué?

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Un vendabal sutil pero insistente meciendo mi melena rubia y lacia. El flequillo en la cara, y una sonrisa abierta y descarada a un mundo que, como un tiovivo eterno, me prometía un centenar de historias inacabadas. Recuerdo como mis pies se deslizaban por una pista de hielo invisible, y como en un movimiento casi elegante, mis manos se cruzaban una y otra vez en un cielo nublado en la desgana. Creo que tenía cuatro años. Y aun puedo sentir cómo mi piel se encendía en ese deseo tan fortuito como inequívoco al haber tropezado con mi ansiada futura profesión en el hielo sin haber querido encontrarla.

Supongo que saqué la idea de algún campeonato olímpico de patinadores que retransmisieran por la televisión entonces. Y por fin tenía respuesta para esa pregunta que no paraba de escucharse en el colegio cada mañana: ‘¿Qué quieres ser de mayor?’ Creo a día de hoy, todavía no sé contestarla. Porque entonces, después de la fase de patinadora, me vino la de la veterinaria, y luego ya… Enmudecí hasta por lo menos, la secundaria. En aquel momento llegué a pensar que esa pregunta ya no se respondía con una mera profesión, sino con un millón de factores más que se enredaban a nuestra compleja existencia y que hacían imposible la respuesta sin una hora y varios folios de papel para contestarla.

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Y, otra vez, me equivocaba. Han pasado algunos años, y la mitad de la gente que conozco se juzga a sí misma y a su entorno por la forma en la que trae el dinero a casa. Incluída yo, a pesar de que intento enterrar el pensamiento bajo las sábanas cada vez que me ahoga. ¿Por qué, que soy? ¿Soy escritora, fotógrafa, asistente de iluminación, videógrafa…? Creo que de una forma práctica y formal, si alguien me preguntase que a qué me dedico ahora, contestaría que soy ‘freelance’, la mayoría de veces sólo otra forma de corroborar que no tengo ni idea, o de que soy tantas cosas que a la vez no soy ninguna.

¿Y es que cuántas posibilidades hay de que te guste tu profesión, y encima te sientas identificado con ella? La verdad es que no quiero contestar que pocas, porque… Aun tengo esperanza en la pregunta, y esta vez, quiero dejar para un futuro cercano la casilla de respuesta en blanco. No sé qué voy a ser de mayor, pero sí quién quiero ser: alguien que no se defina ante una pregunta tan sumamente estúpida.

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February 04, 2015

Mi camino de baldosas

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Hay veces en las que he necesitado pausar mi vida durante algo más que un simple instante. Hablo de ir más allá de una escapada espontánea de fin de semana para huir del trabajo, o de enterrarse entre las sábanas durante un día entero para olvidar una noche demasiado humillante. Me refiero a crear un paréntesis, a recorrer durante una etapa un sendero de tierra espesa y hierbas mal cortadas, que se desvía ligeramente de nuestro usual camino de baldosas perfectas. Quizás porque éstas se rompieron o… Simplemente porque no me llevaron donde esperaba.

Mi camino de baldosas me arañó un día el corazón y no me recondujo a encontrar las suturas adecuadas. Y así, sin más, mi cuerpo se detuvo en una fracción de segundo de la que no se supo mover a partir de entonces. Los días pasaban y me dejaban atrás, congelada en un abrazo a todo lo que ya no estaba. Y mi corazón de invierno y cicatrices abiertas me pidió que me marchara.

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Sin saber como, un tiempo después cliqué el botón de pausa. Y la vida me empujó a seguir, cruzando Europa, en una casita de techos agritados y paredes amarillentas, al Norte de Inglaterra. Es curioso como establecerse allí significa también empujarse a uno mismo a enmascararse, a ser quien quieras, o directamente, a no ser nadie durante el tiempo que decidas quedarte. En mi caso, el dolor seguía enredado a mis huesos, sí, pero ya no me importaba porque apenas tenía sentido entre aquellas calles de ladrillo oscuro y adoquines grisáceos. Y es que me había perdido conscientemente y ya no sabía si algún día querría volver.

Creo que fue el año más solitario y sin sentido que he vivido nunca. Y por ello, también uno de los que más me ha enseñado: a que perderse en un bosque en Halloween de camino a una fiesta puede ser mucho más divertido que la propia fiesta, a como ser la chica misteriosa de la clase, a llevar medias siempre sin importar a dónde fuera. A salir sola a pisar la nieve, a dejar la mente en blanco en mitad de un examen. A que mirar a las ardillas corretear desde la ventana puede ser el mejor pasatiempo del día. A comer como una alemana, a encerrarme en un tren y pasarme de parada. A cantar en voz alta sabiendo que mis compañeros de piso me escuchaban. A olvidar, olvidar, olvidar, a que la vida a veces no sale como quieres, a que sea como sea, la vida no se pausa, ni existen los caminos de baldosas perfectas. A que en momentos como éste, lo único que importa es seguir hacia delante.

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January 28, 2015

De aquella vez que me perdí en Asia

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El traqueteo constante de un autobús amarillento y destartalado. Ese calor húmedo y sofocante. La piel impaciente, y todas esas canciones que suenan iguales. Suspiros, susurros de pasajeros que desearían estar en cualquier otra parte. Y mi mirada perdida en un paisaje increíblemente hermoso pero… Interminable.

Era 9 de Julio, y atravesábamos desde hacia horas el centro-oeste de Vietnam, en su frontera más pedregosa con Laos. El sol se apagaba, prometiendo nuevos horizontes. Pero cada montaña traía consigo otra montaña más parecida a las que habíamos visto antes.

No sé cuánto tiempo pasó, pero, por fin, el autobús decidió pararse. Mis piernas adormecidas se volvieron ágiles de repente, y fui una de las primeras en bajarme. Estábamos en un mirador en lo que se asemejaba al punto más alto de la cima, completamente dominado por la preciosidad de las vistas y cuatro o cinco mujeres y sus tenderetes ambulantes. Pulseras, pañuelos de seda desgastada y bolsitas de té entre gritos y súplicas desesperadas a un turista ignorante. No sé por qué pero, de pronto, el autobús parecía el mejor sitio donde quedarse. Y estuve a punto de volver hasta que la vi a ella.

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Era una chica joven de ojos oscuros y rasgados que me miraba sonriente. En realidad sus labios finos estaban completamente sellados, pero ella, con su mirada curiosa y su mano derecha agitándose, me invitaba con ganas a alejarme de aquella avalancha de negocios y engaños.

Cuando me acerqué, me habló en un inglés bastante limpio y puritano.

  • ¿Cómo te llamas?
  • Paula.
  • Mmm… Creo que me gusta– dijo, acariciando su melena sedosa y atezada – Puedes quedarte si quieres un rato, Paula, aquí nadie va a molestarte.

Me reí y quise preguntarle su nombre pero, cuando volví a mirarla ya no estaba. Aun quedaban unos cinco minutos de parada así que ojeé por encima el centenar de objetos que tenía en venta, encima de una mesa grisácea. Casi al final, reparé en unas pulseras de metal grabadas. Cuando mis dedos rozaron una de ellas, escuché de nuevo esa vocecilla inquieta. Sabía lo que iba a preguntarme.

  • ¿Sabes cuál es el animal que representa tu año de nacimiento en nuestro calendario? – me dijo, apoyada sobre la pared carbonizada.
  • Sí – contesté rápido. Era una de las conversaciones que más se repetían durante el viaje – La serpiente. Soy de 1990 – la pulsera que yo sujetaba tenía una dibujada.

Sus ojos afilados se abrieron con emoción y sorpresa. Otra vez me dirigía aquella sonrisa tan invisible como cierta.

  • ¿Cuándo es tu cumpleaños? – su curiosidad le obligó a acercarse esperando la respuesta.
  • El 18 de Enero.
  • ¿De verdad? – sus mejillas se encendieron, y su boca se abrió tanto que tuvo que tapársela avergonzada con las manos.
  • Te lo prometo – dije, sin entender muy bien lo que estaba ocurriendo.
  • También es el mío. Nacimos el mismo día del mismo año.

Entonces ocurrió algo. Nuestras miradas por un momento, se cruzaron conscientemente en el mismo pensamiento. Y durante ese instante, me vi a mi misma en sus ojos brillantes y negros de una forma en la que hacía años no me había contemplado.

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Después de darle un billete de 100 dongs, me subí al autobús y me puse la pulsera. Miré por la ventanilla una vez más, pero la chica había vuelto a desaparecer entre la marea de gente y aquella cadena de montañas infinitas. Todavía no soy capaz de saber si entonces me mintió o no para lograr una venta, pero… Eso no evitó que me preguntase una y otra vez ¿Y si yo fuese ella? ¿Una chica vietnamita ganándose la vida en aquel mirador esperando a un autobús lleno de turistas? ¿Sería una persona completamente diferente a la que soy ahora? ¿O acaso hay rasgos de nosotros mismos que siempre van a estar, sin importar de dónde vengamos?

 


January 21, 2015

Invisible.

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Nunca me ha gustado levantar la voz en público o llevar tacones demasiado altos. El color amarillo, cantar en sitios que no sean la ducha o el coche en mitad de una autopista, ni mis mejillas demasiado sonrojadas a todas horas. La purpurina, las joyas doradas. Ni encontrar mis ojos atrapados en un cruce de miradas de eternidades distantes y enmascaradas.

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Es extraño pero, en ciertos sentidos de mi vida, siempre me ha gustado más pasar desapercibida. Recuerdo una vez como un profesor de literatura me dijo un día al terminar la clase, lo curioso que le resultaba que no me gustara nada no el hecho de resaltar, sino el que la gente me mirara. Había leído delante del resto de alumnos una redacción que escribí el fin de semana anterior, y todavía recuerdo la fuerza con la que palpitaba mi corazón enredado en la timidez, al escuchar como sus labios pronunciaban mis palabras.

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Al pensar en aquello, alguna vez hace años no pude evitar preguntarme: ¿Acaso escogí esta profesión para poder esconderme detrás de un texto o de una cámara? ¿O en realidad la elegí sólo porque me gustaba?

Aun así, sin todavía tener muy clara la respuesta, he entendido dos cosas: que abrazarme al silencio sólo lleva a provocar aun más la curiosidad del grupo de gente que me rodea, y que, digan lo que digan, ser tímido es a veces también la habilidad de prestar atención a lo que para otros sólo son nimiedades: los detalles.

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January 14, 2015

Para mi, ella es la chica de la sonrisa eterna

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La brisa enredada a su melena rebelde y tostada. Las manos intranquilas y, aun así, decididas sobre el volante. El humo en los labios. Uno y dos pestañeos perdidos sobre esta carretera de oscuridad y fragilidades. Y su respiración agitada entre un centenar de palabras y sueños inagotables.

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Vuelvo a mirarla. Para mi Cristina siempre ha sido la chica de la sonrisa eterna. Teníamos… ¿Tres, cuatro años? Cuando mi mirada tímida decidió fijarse en ella un día en el patio del colegio. En general, la mayoría de niñas le teníamos algo de envidia. Daba igual cuál fuese el juego, o la función que se representase en aquel momento y con los años, ella siempre era protagonista. Y tardé algo de tiempo en entenderlo entonces, pero… La verdad es que tenía sentido. Ella es de esas personas que, simplemente, tienen algo. Algo como la calidez que contagia un rayo de sol a la piel todavía adormecida. Algo como el grito de una voz que siempre estuvo cohibida. Despertar en verano, el primer acorde de tu canción favorita. Y el atardecer de un día que todavía no ha terminado.

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No sé a dónde vamos, pero no me importa. Con ella no hay secretos, apariencias, ni trivialidades. Pero sí historias a medio-hacer (o deshacer), teléfonos en servilletas, y bares que no cierran hasta que nos echan. La mirada atrevida y bien alta, el pasado enterrado, y la sonrisa eterna en los labios, pase lo que pase.

Y que nunca acabe.

 


January 07, 2015

HOY SE ESCAPA

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27 de Julio, 2011. 09h32 am. El sol bostezando. Una brisa ligera meciendo nerviosa el océano. Y la arena tibia bajo mis pies todavía descalzos. Empezaba otro día de verano cualquiera, de esos en los que sería más fácil cerrar los ojos y apuntar con un dedo al calendario para así lograr adivinar la fecha. No recuerdo cuántas horas llevaba allí, ni si esperaba ver algo más que el discurrir del tiempo en aquella playa solitaria y eterna. Pero sí como, poco a poco, la suavidad de las olas ahogándose sobre la orilla, parecía arrebatarme la consciencia. Mi piel se iluminaba cada vez con más fuerza. Y mis pensamientos se arrugaban como un centenar de susurros inaudibles a quinientos metros bajo tierra.

De pronto, sentí un sutil pero a la vez firme tacto de una mano desconocida sobre mi hombro cálido. Es curioso, pero, estando segura de que la persona que permanecía entonces junto a mi era un extraño, de alguna forma, parecía que, que estuviese ahí, justo en ese instante, era lo adecuado. No sé como explicarlo. Pero cuando abrí los ojos, me vi en su mirada grisácea y ajena a todo lo que había conocido y me había importado antes. Y sonreí como hacía tiempo que no hacía. Y me marché a su lado.

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En días complicados siempre pienso en este momento, y en cuánto me gustaría parecerme a diario a la persona que soy cuando estoy de viaje. En lo fácil que sería saber enterrar cada una de mis preocupaciones, las válidas y también las magnificadas, bajo la única obligación de no dejar que el día se pase en vano. Olvidar mirar el reloj cada segundo que pasa. Y enredarme en las emociones que, verdaderamente, empujan día a día a mi corazón vacilante y abierto a seguir hacia delante.

Y dejarlo todo por un escalofrío, por agarrar una vez más la nieve entre las manos. Que por un instante las palabras no importen tanto. Cerrar el mapa y tirarlo. El móvil que no suena, ¿no suena? No, es que está apagado. Y volver a todas esas sonrisas sinceras. El cuerpo entre las sábanas durante horas, miles de horas. Escribir otra vez a bolígrafo y que una página en blanco no sea algo malo sino todo lo contrario. Abrazarme al silencio, a la ignorancia disuelta. Desatar de mi cuello la impaciencia y entregarme a un centenar de pájaros volando.

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Llámame loca pero me gusta no estar segura de todo. Y descubrir a través de las miradas de otros que no hay nada que dar por sentado. Que mañana es una ventana a algo que empieza o acaba, pero todavía no ha llegado y hoy… Hoy, si no te das cuenta, se escapa.

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December 31, 2015

NINGUNA PARTE

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El movimiento incesante. La piel impasible, adormecida. Eternidades perfectas. Hay amaneceres en los que siento como el agua me lleva. Es extraño, pero podría jurar como el océano abraza cada centímetro de mi cuerpo prometiendo no volver a soltarlo. Y poco a poco, el frío me atrapa. El aire no me llena. Se apagan mis ojos, mis ganas. Y el mundo se vuelve algo tan pequeño y frívolo como una fina e invisible mota de polvo que el viento se lleva un día cualquiera.

Entonces me despierto. Mi corazón todavía tiembla. Y mis manos se han aferrado a unas sábanas que, con su aspereza, parecen prometer que mis sueños bajo el agua no son más que el miedo conquistando mi pecho. Suspiro y se enredan mis brazos todavía con más fuerza a esta cama. Supongo que sólo es eso… ¿No? No sé. Últimamente no puedo dejar de pensar que el mundo es un mar de cuerpos perdidos y preguntas hacia ninguna parte. Que cada dirección, cada certeza que antes creíamos válida, se ha difuminado a las orillas de esta tierra de escombros bajo sus aguas.

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¿Te has dado cuenta de que para muchos de nosotros ya no hay nada sólido a lo que aferrarse? ¿Qué las puertas ya no abren caminos, sino que son saltos desde los acantilados hasta este mar de inseguridades? A veces parece que la vida se ha convertido en eso, en el enredo del agua sobre nuestros pasos inexpertos. En promesas llenas de arena y vencimiento. En todas esas olas de sueños que se deshacen en los años que pasan, y pasan, sin que se cumpla uno de ellos.

Y sí, puede que yo tenga algo de miedo. Y puede, también, que al final todo salga bien, que mi cuerpo nade tan fuerte, que pronto salga a la superficie, lejos de este océano de oscuridad y soledades a la vez tan brillantes. Y lograr que ese mar de miedos me abandone, y que la incertidumbre deje por fin de abrazarme. Y entonces… ¿Crees que volveré a encontrarme?

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December 24, 2015

EL CUERPO NO OLVIDA. LA PIEL TIENE MEMORIA

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El pasado es una presencia extraña en nuestros corazones teñidos en las sombras de lo que ya no existe. Un susurro, un centenar de palabras. Y esa dirección constante a la que volver a mirar, al anclarse nuestros pasos sobre un camino que todavía no conocemos, que nos asusta. A veces es también un halo de luz con el que enfrentarse a los días más tristes. Uno, dos pestañeos. Y esa nube grisácea, esa puerta entornada que conquista nuestros cuerpos con una envenenada sensación llamada nostalgia.

¿Alguna vez has sentido cómo tu piel volvía a temblar con algo que ya ha pasado? Yo sí. No es algo que planee, ni tampoco una cosa que me agrade demasiado. Pero es un hecho. El pasado vive en mi y todavía me emociona. Han pasado casi tres años, y todavía me encuentro a veces mis pensamientos anudados en las manos de mi abuela. Eran finas y ásperas. Y se entrelazaban la una con la otra, como si quisiera devolverlas el calor que les habían robado. Amargura. La piel erizada. Lágrimas y más lágrimas.

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Tampoco puedo evitar volver a aquellos bosques de pinares y sueños cruzados, en los que corría de todo y de nada, porque aun era demasiado pequeña como para saber que siempre estamos atados a algo. Ni dejar de sentir la lluvia sobre mi piel, aquel día en el que tú y yo decidimos encontrarnos. El frío abandonando mis labios, y el ardor de algo que sabía que se encendía para no volver a apagarse nunca. Ese escalofrío en la espalda. Nervios, nervios. Ganas. Y la electricidad a mi cuerpo enredada.

¿Por qué no puedo dejar de buscarme a mi misma en los libros que leía hace años? Ya no soy así. Ni soy tampoco lo que entonces esperaba ser cuando cumpliese la veintena. Y eso me da miedo, sí. Pero también me da fuerzas. Es verdad que ya no siento cómo la ilusión recorre mis venas como antes, al leer en el calendario que Septiembre empieza. Ni tampoco he conseguido suturar del todo algunas heridas que aun permanecen abiertas. Pero no me importa que el dolor vuelva, ¿sabes? Porque me recuerda que aunque parte de mi se perdió en alguna parte, hay otra que me hace todavía más evidente quién soy, y que quiero seguir hacia delante.

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Y no voy a atarme a razones. Ni a álbumes de fotos, post-its, diplomas llenos de polvo o llaves. Ni tampoco conseguiré olvidar del todo esas miradas perdidas en la nieve de un invierno tardío. Esas sonrisas sinceras. Ni todas las promesas incumplidas, que todavía traen consigo inquietud y vacilaciones. Nuestros veranos juntos, enredados en un sol que nos hacía eternos. Ni todas esas noches de humo y luces que invitaban a dejar de ser uno mismo hasta la mañana siguiente. El pasado traza una línea sobre nuestros hombros que dibuja día a día quienes somos. Y el tiempo pasa rápido, demasiado rápido. Tanto que, a veces se nos olvida pensar que hoy nunca más va a repetirse. Que el sol a lo mejor mañana no vuelve a ponerse. Que tú y yo nunca más volveremos a encontrarnos, o sí, quién sabe.

A veces me da miedo la nostalgia, esa puerta todavía ligeramente abierta. El pasado conquistando mi cuerpo, mi mente a las redes de todas esas cenizas, de toda esa inexistencia. Así que, cuando su luz me atrapa y me envenena, dejo que mi piel lo sienta con fuerza. Uno, dos, tres segundos. Y cuando ya la nube grisácea se enreda a mi corazón ingenuo, yo… Prefiero cerrar esa puerta.

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December 17, 2015

LO ÚNICO QUE IMPORTA

Lo único que importa

Era Martes, 18 de Noviembre. Recuerdo aquel vertiginoso movimiento del tren en su carrera por vencer a un atardecer inquieto y centelleante. El frío enredado a mis huesos vulnerables, extenuados. Los ojos casi cerrados. Y lo que parecían un centenar de paradas hasta lograr, por fin, volver a casa.

Es curioso como, en circunstancias parecidas a éstas, se hace demasiado fácil escuchar las conversaciones ajenas. En mi caso, no sólo las escucho, sino que, de alguna manera, todas esas palabras de otros, se enredan a mis pensamientos como si, en algún momento de mi vida, hubiesen formado parte de mi misma.

El caso es que, ésta vez, la conversación en la que me vi envuelta tenía más que ver conmigo que ninguna otra.

  • Ay, boba… ¿No sabes que una de un escritor no se enamora? – le decía una chica joven a otra.
  • ¿Y por qué no, vamos a ver?
  • Porque son unos raros, tía.
  • ¿Por? Dicen que la mayoría están un poco pirados, pero…
  • A ver… ¿No has pensado que podrías encontrarte con tu vida en el periódico? ¿O que a lo mejor te dice un te quiero, pensando en… Dios, como te odio pedazo de loca?

Creo que mi carcajada resonó demasiado alto, porque, de repente, aquellas dos voces se callaron. Esperé un poco, pero lo único que logré volver a escuchar fue el chasquido de unas uñas, y el mascar insistente de un chicle ya algo desmenuzado.

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Es verdad que enamorarse de un escritor no debe de ser nada fácil. Al menos de mi no. ¿Cuántas veces se puede aguantar que revuelva cada una de las cosas que llevo en el bolso en un cine en penumbra y en completo silencio, por lograr apuntar sobre mi libreta una frase que me ha inspirado? ¿Los días de drama sin un verdadero drama? ¿Y todas esas noches con demasiadas palabras? Por no hablar de los restos de tinta que recubren durante horas mis manos en días de creaciones agitadas.

Lo sé. Sí. Los escritores no somos el mejor partido. ¿Pero sabes qué? Que si nos reímos lo hacemos siempre más alto que resto, porque lo hacemos de verdad. Nuestras palabras no se lanzan al cielo y ya está, siempre significan algo. Y nunca, nunca, nos dejan tranquilos. El arte nos enciende la piel, de una manera que poca gente entiende. Y, en mi caso, si no consigo plasmar alguna de mis historias sobre el papel, me araña por dentro. Si no sale explosiona. Y si lo hace, pero sin estar unido a un sentimiento, a un sentido claro… Me ahoga.

Puede que nuestro ánimo del día dependa de lo que hayamos escrito, sí. Que, como otros artistas, seamos criaturas vulnerables, y dependientes de las heridas que nos abren las críticas constantes. Y que, algunas veces, la única cura a todo ello sean unos brazos abiertos, y claro… Sólo unos en concreto. ¿Pero sabes qué? Si un escritor elige estar con alguien es porque le mueve por dentro. Y eso es lo único que importa.

 

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